Será el 14 de noviembre en el Auditorio Nacional, iniciando así su nueva temporada
Hay veladas musicales que se anuncian desde el principio como acontecimientos inolvidables, citas llamadas a dejar una huella imborrable en la memoria del auditorio madrileño. El próximo 14 de noviembre, el ciclo Hispania Concertalia que inicia su nueva temporada, vivirá uno de sus momentos más álgidos y magnéticos con la llegada de la prestigiosa Gustav Mahler Jugendorchester (GMJO) al Auditorio Nacional de Música.
Hispania Concertalia se ha consolidado en el panorama musical español como un ciclo privado de conciertos caracterizado por una programación de alto impacto y perfil puramente internacional. Su propuesta en la Sala Sinfónica del Auditorio Nacional de Música busca traer a Madrid a algunas de las agrupaciones sinfónicas, solistas y orquestas de cámara más cotizadas del circuito europeo. Con una cuidada selección de repertorio que abarca desde la gran literatura del Romanticismo hasta las obras maestras del siglo XX, el ciclo destaca por ofrecer veladas concebidas como verdaderos acontecimientos culturales, garantizando una experiencia acústica e interpretativa de primer orden.
Protagonistas de altura
Nacido en Timișoara (Rumanía) en 1980 en el seno de una prolífica familia de músicos, Cristian Măcelaru es uno de los directores de orquesta más aclamados, versátiles y demandados de su generación. Formado originalmente como violinista —llegando a ser el concertino más joven en la historia de la Orquesta Sinfónica de Miami—, su salto a la dirección orquestal estuvo apadrinado por grandes referentes de la batuta internacional.
Fundada por el visionario Claudio Abbado, la Gustav Mahler Jugendorchester se ha consolidado indiscutiblemente como la mejor cantera orquestal del continente europeo, un semillero de talento donde la juventud técnica se funde con una madurez interpretativa impropia de su edad. Fue la primera orquesta occidental autorizada a hacer audiciones sin restricciones en los países del entonces bloque del Este. En esta ocasión, la orquesta regresa a Madrid para afrontar un programa doblemente colosal, una auténtica inmersión en las simas y cumbres del Romanticismo tardío de la mano de dos partituras imprescindibles: el Concierto para violonchelo de Antonín Dvořák y la desgarradora Sinfonía n.º 6 «Patética» de Piotr Ilich Chaikovski.
En el Concierto de Dvořák interviene como solista Julia Hagen, que se ha erigido en una de las revelaciones más deslumbrantes del violonchelo a nivel internacional. Destaca por un sonido cálido, natural e intensamente cantabile, combinado con una soltura técnica impecable que huye del mero virtuosismo estéril para buscar siempre la profundidad poética de la partitura. Toca un instrumento legendario fabricado por Francesco Rugeri en 1684, cuya nobleza tímbrica y resonancia profunda son el vehículo idóneo para cantar los célebres pasajes de morriña e intimidad del Concierto para violonchelo de Dvořák.
El canto deslumbrante y nostálgico
La primera parte de la velada estará consagrada a una de las obras maestras absolutas del repertorio concertante: el Concierto para violonchelo en si menor, op. 104 de Antonín Dvořák. Durante décadas, Antonín Dvořák se negó tajantemente a escribir un concierto para violonchelo. Consideraba que el instrumento era magnífico para la música de cámara o la orquesta, pero demasiado «gangoso» en el registro agudo y «rezongón» en el grave como para destacar sobre una plantilla sinfónica. Fue al escuchar en Nueva York el Concierto n.º 2 de su amigo Victor Herbert cuando comprendió las posibilidades líricas del cello y aceptó el reto en 1894. Cuando Johannes Brahms —gran mentor y amigo de Dvořák— examinó la partitura terminada, exclamó con admiración y cierta envidia: «¡Por qué demonios no sabré yo que se podía escribir un concierto de violonchelo como este! Si lo hubiera sabido, habría escrito uno hace mucho tiempo».
Escrito durante los últimos meses de su estancia americana, la partitura destila una profunda y conmovedora morriña (heimweh) por su tierra natal. Curiosamente, mientras trabajaba en ella, recibió la trágica noticia de que su cuñada, Josefina Kaunitzová —el gran amor no correspondido de su juventud—, estaba gravemente enferma. Afligido, Dvořák incluyó en el Adagio ma non troppo citas a su propia canción Kéž duch můj sám («Déjame solo»), una de las favoritas de Josefina, y tras su fallecimiento modificó la coda del tercer movimiento para rendirle un tributo póstumo definitivo. El resultado es uno de los testamentos más conmovedores que se hayan compuesto: un solo de violonchelo profundamente humano, atravesado por una alternancia de ternura y desgarro que pocas obras del siglo XIX igualan.
Esto desató incluso una furiosa disputa con el célebre violonchelista Hanuš Wihan, a quien estaba dedicada la obra, pues Wihan exigía añadir una aparatosa cadenza de virtuosismo que el compositor prohibió tajantemente por desvirtuar el carácter íntimo y elegíaco de la pieza. La discusión fue tan encendida que Dvořák escribió a su editor ordenándole que no cambiase ni una sola nota de la coda bajo ninguna circunstancia. El estreno absoluto recaería finalmente en manos de Leo Stern en Londres en 1896, provocando años más tarde que el mismísimo Johannes Brahms exclamara con admiración y envidia: «¡Por qué demonios no sabré yo que se podía escribir un concierto de violonchelo como este!».
Lejos de ser un mero ejercicio de lucimiento, el concierto se plantea como un gran diálogo sinfónico donde el solista canta, suspira y dialoga con la orquesta con una paleta tímbrica inigualable, ideal para poner a prueba la sensibilidad y el empuje de la cantera europea. «Esta música es un testamento del alma; no se interpreta con las manos, se sangra sobre las cuerdas».
El abismo y la catarsis de la «Patética»
Tras el descanso, la Sala Sinfónica del Auditorio Nacional enmudecerá para acoger uno de los monumentos más oscuros, conmovedores y trágicos de la historia de la música: la Sinfonía n.º 6 en si menor, op. 74, «Patética», de Piotr Ilich Chaikovski.
El término original con el que se bautizó —sugerido por el hermano del compositor como Pateticheskaya o «Apasionada»— hunde sus raíces en el concepto clásico griego del pathos, el sufrimiento y la emoción intensa. Estrenada en San Petersburgo el 28 de octubre de 1893 bajo la batuta del propio autor, la obra desconcertó inicialmente a un público que no esperaba que una sinfonía rompiera con los esquemas habituales al concluir no con un triunfo rutilante, sino con un devastador Adagio lamentoso que se desvanece lentamente en el silencio absoluto (morendo).
La partitura encierra pasajes tan geniales como el famoso «falso vals» del segundo movimiento, escrito en un inusual compás de $5/8$ que genera una sutil sensación de inestabilidad y vértigo, o la trampa rítmica del Allegro molto vivace, una marcha militar deslumbrante y frenética que crece hasta un clímax ensordecedor. Es tan desbordante que prácticamente en todos los conciertos del mundo el público rompe a aplaudir por error pensando que la sinfonía ha terminado, justo antes de ser aplastado por el silencio desolador del Adagio final.
El compositor la dirigió personalmente el 28 de octubre de 1893 en San Petersburgo. Apenas nueve días después de su estreno, el 6 de noviembre, Chaikovski fallecía repentinamente a los 53 años. La versión oficial atribuyó su muerte al cólera por beber agua no hervida, aunque historiadores y biógrafos siguen debatiendo la hipótesis de un suicidio forzado para evitar un escándalo sobre su homosexualidad. Esta coincidencia convirtió de inmediato a la Patética en el réquiem involuntario del propio compositor.
Bajo la excelencia instrumental de la Gustav Mahler Jugendorchester, esta cumbre del repertorio promete convertirse en una experiencia catártica. Una noche donde la juventud y la madurez se darán la mano para recordarnos por qué el arte sigue siendo el refugio más honesto frente al tiempo y el dolor. Una cita absolutamente ineludible en el calendario musical de Madrid.
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