‘Te quiero ride, como a mi bike’: los límites entre poesía y canción en la actualidad

poesía y canción

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Rosalía en la promoción del single ‘A palé’.
Rosalía

Clara Isabel Martínez Cantón, UNED – Universidad Nacional de Educación a Distancia y Guillermo Laín Corona, UNED – Universidad Nacional de Educación a Distancia

La relación entre música y poesía tiene raíces remotas. La historia y las humanidades ya han avanzado lo bastante como para cuidarse de usar etiquetas añejas o simplificadoras, pero valga ceñirse a la tradición occidental.

La poesía oral

Como explica Wladyslaw Tatarkiewicz en su ilustre Historia de la estética, lo que hoy llamamos Bellas Artes en la Grecia Antigua era una triunica choreia: danza, música y poesía, relacionadas entre sí como un todo inseparable. La pintura, la escultura y otras manifestaciones plásticas no se consideraban entonces Bellas Artes, sino meros trabajos manuales, o artesanías.

El Arte como tal era en realidad una experiencia entre festiva y mágica, bailando al ritmo de la música y la palabra. Y con mucho vino, en honor a Dioniso, el dios de esa bebida, al que los romanos llamaron Baco. O sea, una bacanal, como la experiencia religiosa de Enrique Iglesias o como una rave años 90. Se buscaba con ello la catarsis: la sensación de purificación de nuestro errores, miedos y ansiedades, por explicarlo con conceptos propios de nuestra actual sociedad del cansancio.

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Mosaico con algunos de los principales poetas griegos: Alcmán, Safo, Alceo de Mitilene, Anacreonte, Estesícoro, Íbico, Simónides de Ceos, Baquílides, Píndaro.
FriedC / Wikimedia Commons, CC BY-SA

No hay que olvidar que el término poesía viene del griego clásico (ποίησις, poiesis), que se refiere a la creación inspirada por las musas (μοῦσαι, mousai), de cuyo nombre se deriva la música (μουσική [τέχνη] – mousikē [téchnē]), que es el arte o técnica de las musas. Las manifestaciones literarias por excelencia en la Grecia Antigua eran orales: los poemas épicos, que cantaban los aedos (ἀοιδός, “cantores”); la lírica, acompañada por la música de la lira, y el teatro, ya que, por ejemplo, en las tragedias de Esquilo las partes cantadas (μέλɳ, mele) eran más numerosas que las habladas (μέτϱα, metra).

La poesía siguió de la mano de la música durante miles de años. En la Edad Media, los poemas épicos se llamaron cantares de gesta –porque los juglares cantaban las gestas de los héroes– y la poesía popular era cantada, desde las jarchas mozárabes a los villancicos, que nada tenían que ver con los de hoy, sino que eran cancioncillas de las gentes de las villas para amenizar las labores del campo.

En general, la literatura oral está ligada a la música o, al menos, comparte no pocos recursos sonoros. Aristóteles señalaba en su Poética que la poesía surgía del “gusto por la armonía y el ritmo”, que son rasgos también de la música. Aunque parezcan cosas muy grandilocuentes y sesudas, ritmo y armonía no eran sino truquillos: a falta de soporte escrito que sirviera como chuleta, ayudaban a memorizar los textos, igual que la rima y cualesquiera otras fórmulas de repetición. Por eso, estos recursos son tan abundantes en la poesía oral y, en la actualidad, en las letras de canciones, para ayudar al público a memorizarlas y así poderlas cantar luego en cualquier lado, incluso en la ducha.

La escritura, en sus orígenes, servía únicamente para anotar cuestiones prácticas: las deudas que debemos en el mercado, las leyes que nos rigen, etc. Posteriormente, se empezó a usar la escritura para evitar la pérdida de obras valiosas y favorecer su difusión. Ahora bien, el público capaz de acceder a estas obras por escrito fue muy escaso durante siglos, ya que la alfabetización masiva de la población es un hecho reciente. Por esta razón, las obras, aunque preservadas por escrito, siguieron siendo recibidas de forma oral mayoritariamente, a menudo leídas en voz alta por una persona para otras gentes. Así, la literatura oral y la lectura en voz alta de textos escritos fue muy común hasta el siglo XIX.

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Descenso de las personas analfabetas (en rosa) y aumento de las personas alfabetizadas (en azul) en el mundo.
Our World in Data Literacy, Author provided

La poesía escrita

En el siglo XIX, el Romanticismo exalta el individuo, el genio y los sentimientos. En su ferviente búsqueda de originalidad, el poeta romántico rechaza las fórmulas de repetición, que tanto habían abundado en la poesía oral, y la poesía pasa a concebirse, no como una experiencia colectiva, sino como una comunión individual del receptor con las pasiones íntimas que el autor confiesa en el poema.

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La lectura.
Jules Ernest Renoux / Wikimedia Commons

Se trata de una lectura en silencio y soledad (“in Spain we call it soledad!”, según Rigoberta Bandini), en sintonía con la gravedad de los sentimientos expresados por el poeta. En buena medida, ello es posible porque empieza a extenderse la alfabetización y se mejoran y abaratan las técnicas de edición e impresión, de modo que más gente puede adquirir y leer textos escritos. Con el desarrollo de la burguesía, se extiende también el gusto por leer en casa y acaparar bibliotecas: literatura de apartamento.

La poesía, así, va dejando de lado los rasgos propios de la oralidad, de ahí que se escriban poemas sin rima y se propicie la fusión con otras artes. En las vanguardias de principios del siglo XX se desarrollan, por ejemplo, los caligramas: poemas escritos que, impresos sobre las páginas, conforman dibujos, funcionando también como cuadros.

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Caligrama creado por Guillaume Apollinaire.
Wikimedia Commons

A pesar de todo, el propio Romanticismo reivindicó siempre la naturaleza musical de la poesía, bajo la fórmula del ut musica poiesis, como cuando Bécquer identifica la inspiración poética con un arpa cuyas notas requieren de “la mano de nieve” del poeta, “que sabe arrancarlas”. Por su parte, Edgar Allan Poe, que es tal vez uno de los autores románticos por antonomasia en el mundo entero, recitaba sus poemas en público y los vendía para ser recitados en todo tipo de locales de Estados Unidos.

Cuando estalla la I Guerra Mundial en 1914, coincidiendo con una gripe tan o más brutal en 1918 como la covid-19 de ahora, y luego una II Guerra Mundial, entre otras calamidades de la historia, la conciencia social se afila como un carnívoro cuchillo, dando pie a la literatura neorrealista. Cabría suponer que los herederos de Galdós y Pardo Bazán en España no iban a tener interés por la poesía, ya que para entonces era un género fagocitado de cursilerías neorrománticas.

Poesía y música en la actualidad

Pero resulta que Blas de Otero, Gabriel Celaya y José Agustín Goytisolo están un día de copas en casa de uno de ellos, y se mosquean. Ya está bien –dicen– de silenciar la poesía en el polvo de los libros, porque si lo social es enervar las conciencias del pueblo y el pueblo no sabe o no tiene tiempo de leer, porque se pasa las horas alienado en las fábricas, habrá que decírselo cantando, como un nuevo mester de juglaría. ¡Llamad a Paco!

Esta anécdota la contó Fernando González Lucini en una charla en la UNED en Madrid, el 4 de noviembre de 2021, ya que al parecer él, de mozuelo, estuvo en esa reunión. Paco, claro, era Paco Ibáñez, quien se puso a componerle música a los poemas escritos por estos y otros poetas, como un arma cargada de futuro. Luego lo hicieron Serrat –“para la libertad, sangro, lucho, pervivo”– y tantos otros cantautores.

Paco Ibáñez interpretando Palabras para Julia, canción basada en un poema de José Agustín Goytisolo.

Música y poesía se asemejan, además, en su tendencia a la irracionalidad y la ambigüedad. Una canción no busca explicarnos algo y que lo entendamos, sino provocar sensaciones. Por eso, escuchamos una misma canción muchas veces, casi sin prestar atención. Por eso, de pronto, un día, caemos en la cuenta de lo que significa un verso o una estrofa –pero ¿cómo no me había dado cuenta antes yo de esto?–. Y, por eso, el sentido que le damos a una canción lo vinculamos a nuestra experiencia personal, aunque sea imposible, porque el cantante, que no nos conoce, no ha podido escribir la canción pensando en nosotros.

Lo mismo pasa con la poesía, lo cual desmiente el tópico de “yo no leo poesía porque no la entiendo”. Como una canción, un poema no hay que entenderlo: hay que leerlo y releerlo, disfrutándolo sin casi prestarle atención, hasta que un día nos habla directamente, y ya está.

Estas razones explican que, entre todos los géneros literarios, los poemas sean los textos más a menudo musicalizados. La musicalización de poemas es tal vez el fenómeno en el que hoy en día mejor se percibe la relación entre música y poesía. Pero cabe también considerar si las letras de canciones son en sí mismas poesía.

Hay estudios que lo niegan, argumentando que las letras de canciones, aun teniendo concomitancias con la poesía, son un género distinto, por la confluencia de varios códigos: la palabra, la música, la puesta en escena de un concierto, etc. Y hay quien dice que sí son poesía, echando mano de la historia: esta confluencia de códigos ya se daba en la poesía medieval, y hoy se estudia en filología porque la música se ha perdido, ¡qué remedio!

Bienvenida, canción de Quique González escrita por el poeta Luis García Montero.

Además, están esos cantantes que aplaudimos como poetas, desde Joaquín Sabina en España e Hispanoamérica, a Bob Dylan en el mundo entero, incluido el lío que se montó en 2016 cuando la Academia Sueca decidió darle el Premio Nobel de Literatura. Para colmo de polémicas, Rosalía –que para El mal querer se basó en una novela medieval– ha sacado un adelanto de la letra de su última canción que ha llenado las redes de memes y reproches, con el cachondeo de los ripios antiestéticos: “te quiero ride, como a mi bike”, y en ese plan. Esto nos lleva a la pregunta de si una canción, para ser buena, debe tener buena letra, como un buen poema.

Nuevos cauces de investigación

Siendo tan larga la historia de la música y la poesía, es evidente que se ha estudiado en profundidad. Recientemente, en la UNED hemos puesto en marcha el Proyecto PoeMAS (“Poesía para más gente. La poesía en la música popular española contemporánea”), con financiación del Ministerio de Ciencia e Innovación.

Esparcidos por diversos países y universidades, trabajamos en las relaciones entre la poesía y la música popular contemporánea en el ámbito hispanohablante: pop, rock, heavy, rap, indie, etc. Nuestra principal aportación es un archivo en el que recopilamos y clasificamos canciones basadas en poemas.

Se puede buscar por poetas y por poemas, y ver, por ejemplo, las versiones musicales del “Verde que te quiero verde”, de Federico García Lorca, o “La saeta”, de Antonio Machado. Hay búsqueda por géneros musicales, lo que permite rastrear los lazos entre el heavy metal y la épica castellana. E incluso cabe curiosear las citas poéticas en las canciones, como la “Princesa” de la boca de fresa de Joaquín Sabina, que es una referencia a la “Sonatina” de Rubén Darío.

Además, estamos publicando estudios basados en los datos de este archivo, como el reciente número monográfico sobre “Nuevos cauces de la poesía en la música popular española, y su recepción” en el Bulletin of Contemporary Hispanic Studies de la Universidad de Liverpool.

Recoger toda la música popular inspirada o basada en poesía será un trabajo de Sísifo, porque el archivo de PoeMAS nunca puede dejar de crecer, pero a nosotros nos va la marcha. Como decía Elvis, otro sabio en esta materia, el ritmo es algo que tienes o no tienes, pero, cuando lo tienes, lo tienes por todas partes.The Conversation

Clara Isabel Martínez Cantón, Profesora del Departamento de Literatura española y Teoría de la Literatura. Área de Teoría de la Literatura, UNED – Universidad Nacional de Educación a Distancia y Guillermo Laín Corona, Profesor Titular de Literatura Española, UNED – Universidad Nacional de Educación a Distancia

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.