Que no le cuenten cuentos: el wifi no es peligroso

Que no le cuenten cuentos: el wifi no es peligroso

Shutterstock / Kamil Urban

Alberto Nájera López, Universidad de Castilla-La Mancha

En casa, en el trabajo, por la calle. Cuando nuestro móvil busca las redes wifi disponibles aparece un listado casi interminable con las redes de los vecinos, la oficina, la empresa de al lado y los comercios cercanos.

Es posible que caiga ahora en la cuenta de las decenas de antenas, fuentes de radiación, que nos rodean e irradian cada día. Y no solo wifi: también antenas de telefonía, los propios terminales móviles, asistentes virtuales y decenas de dispositivos bluetooth como relojes inteligentes, altavoces inalámbricos y un largo etcétera.

¿Debemos estar preocupados por sus posibles efectos sobre la salud?

Medir la radiación wifi

Son numerosos los estudios que han evaluado la cantidad de radiación a la que estamos expuestos en nuestras casas, en nuestro trabajo, en medios de transporte, en los comercios. En definitiva, en nuestro día a día.

Para ello, los científicos disponemos de unos aparatos llamados exposímetros. Son pequeños, muy sensibles, extremadamente precisos y muy caros, y nos permiten realizar medidas cada pocos segundos durante incluso días y semanas.

Así podemos recopilar toda la información de radiación y, además, nos permiten saber de dónde procede: del wifi, del móvil, de la antena, del teléfono inalámbrico. Sin olvidar la emisora de radio FM y de TV, que también emiten radiación.

Los científicos somos muy desconfiados y tiquismiquis. Queremos que las cosas se hagan muy bien para garantizar que las evidencias ni engañan a nuestros sentidos ni están condicionadas por nada. Queremos que nuestras observaciones no se confirmen con un único estudio aislado y por eso intentamos reproducir estudios en diferentes condiciones y lugares.

Así, para conocer la exposición personal de la población a la radiación no podemos quedarnos con un único estudio. Además, disponemos de herramientas que nos permiten comparar estudios y sacar conclusiones mucho más robustas: son las revisiones sistemáticas y los metaanálisis. Estos estudios de estudios deben cumplir con unos criterios muy estrictos para que sean publicados. La información que proporcionan, al basarse en, generalmente, muchos estudios, será muy importante para entender lo que está pasando.

En los últimos años muchos científicos hemos realizado estudios para evaluar la exposición personal a estos campos electromagnéticos de radiofrecuencia, que así es como se llaman esas radiaciones. Contamos ya con varias revisiones sistemáticas que han analizado muchos de esos estudios. Las más recientes fueron publicadas en 2018 y 2019, y juntas suman 47 estudios independientes que nos proporcionan esa fortaleza y homogeneidad que buscamos.

Estos dos estudios han determinado que la exposición al wifi supone alrededor del 10 % de la exposición total y que los niveles habituales están muy por debajo de los valores establecidos por la Comisión Internacional para la Protección ante Radiaciones no Ionizantes (ICNIRP, por sus siglas en inglés).

Esta comisión científica independiente lleva décadas analizando los niveles a los cuales podría haber efectos y estableciendo límites que muchos países adaptan en sus legislaciones. No solo establece límites para estas radiaciones sino que, como se dedica a las radiaciones no ionizantes, incluye otras como los infrarrojos (del mando de la televisión y de la lámpara del fisioterapeuta), la luz visible (para que tengamos cuidado con la intensidad de ciertas lámparas y sus efectos sobre nuestros ojos) y la radiación ultravioleta (bastante preocupante, sobre todo cuando sale el Sol).

Veintitrés estudios para llegar a una conclusión

Al igual que hay científicos estudiando la exposición personal y diseñando experimentos para realizar las mejores, más realistas y fiables medidas, otros científicos se dedican a evaluar los posibles efectos que estas radiaciones tienen sobre la salud. Y en particular, la wifi ha sido una banda que ha despertado, desde hace años, mucho interés.

Los últimos modelos de rúter wifi emiten a dos frecuencias: 2,4 GHz (2G) y 5 GHz (5G). La primera tiene mayor alcance, pero proporciona velocidades de transferencia menores. Por el contrario, la 5G proporciona conexiones más rápidas, pero a menor distancia del rúter. En cualquier caso, habrá comprobado que en cuanto se aleja un poco del rúter pierde calidad, cuando no toda la señal.

Recientemente, ha sido publicada una revisión sistemática sobre esos posibles efectos sobre la salud en la que, partiendo de más de 1 300 estudios, se han seleccionado 23 publicados en las últimas décadas, entre el 1 de enero de 1997 y el 31 de agosto de 2020: 6 epidemiológicos, 6 experimentales en humanos, 9 in vivo y 2 in vitro.

La inclusión de los trabajos en el estudio es una parte muy importante del proceso, pues debe hacerse de forma objetiva y sistemática. Además, con el fin de garantizar la ausencia de sesgos o condicionantes en los estudios, estos autores han aplicado criterios de calidad muy exigentes.

En particular, los estudios epidemiológicos incluyeron varios trabajos en los que habían participado 373 adolescentes, 2 361 niños y 149 embarazadas, entre otros diseños. En alguno de ellos, incluso, se contó con personas que decían ser hipersensibles. En los estudios in vivo (con animales) e in vitro (con cultivos de células) se extremaron los cuidados para garantizar la fiabilidad de los resultados y la determinación correcta de la cantidad de radiación absorbida.

Y la conclusión fue…

La conclusión de la revisión sistemática es contundente: encontraron poca evidencia de que la exposición al wifi sea un riesgo para la salud en el entorno cotidiano, donde los niveles de exposición suelen ser considerablemente más bajos que los valores de referencia de ICNIRP.

Así que puede seguir durmiendo con el wifi encendido y, si lo apaga, que sea por ahorrar energía y no por miedo a sus posibles efectos sobre su salud.

¿Por qué nos preocupa tanto este tema? ¿Por qué hay gente que dice sufrir sus efectos? Pues sin entrar a evaluar los intereses que ciertas empresas y supuestos expertos tienen en seguir promocionando el miedo, la ciencia también lo ha estudiado. En la misma revisión citan un estudio a doble ciego con wifi que demostró que las expectativas negativas de la exposición al wifi fomentan la aparición de síntomas ilusorios provocados, a su vez, por la alteración del criterio de decisión sobre qué puede o no ser peligroso. A veces, como también ha demostrado la ciencia, condicionados por la información que recibimos a través de los medios de comunicación.The Conversation

Alberto Nájera López, Profesor de Radiología y Medicina Física en la Facultad de Medicina de Albacete. Coordinador de la Unidad de Cultura Científica y de la Innovación (UCLMdivulga), Universidad de Castilla-La Mancha

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.