No es lo mismo estar solo que sentirse solo

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Shutterstock / DavideAngelini

Inés Monjas Casares, Universidad de Valladolid

La felicidad de una persona está determinada principalmente por la calidad de sus relaciones interpersonales y de sus vínculos afectivos. Como seres sociales, necesitamos tener un círculo social que nos aporte intimidad, protección, compañía, pertenencia y afecto. A ser posible, en un plano de igualdad y reciprocidad, de dar y recibir mutuamente.

Por eso preocupa el número de personas que, en las sociedades occidentales, se sienten solas y no disponen del paraguas protector de familia, amigos, compañeros, vecinos, pareja o ciberamigos.

Estar solo puede ser un placer, sentirse solo es un infierno

Estar solo, sin compañía, es una soledad física, objetivable. Cuando se está solo, por voluntad propia, es tiempo propicio para la introspección y la conexión con los propios pensamientos. También para la concentración, la creatividad, el rendimiento intelectual o la relajación. Todo ello se acompaña de emociones positivas y bienestar.

Estar solo, sin sentirse solo, es un placer. Por eso se habla de “soledad deseada” y disfrutada.

Por el contrario, sentirse solo es una percepción personal asociada a sentimientos negativos y desagradables. Es una soledad que se etiqueta como “no deseada”.

En este sentido, la soledad es una experiencia subjetiva dolorosa derivada de la carencia, deficiencia, inadecuación o insatisfacción de las relaciones interpersonales, especialmente de las más significativas e íntimas.

Distintas caras de la soledad no deseada

La soledad es un fenómeno complejo que tiene distintas caras.

Por un lado tenemos la soledad emocional, es decir, la experiencia de carecer o tener pocos lazos afectivos íntimos, o tenerlos negativos y dañinos. Este desamparo puede producirse aunque se tenga vida social y se esté rodeado de gente. Es la forma más dolorosa, empapada de tristeza, melancolía, irritación, desesperación y otras emociones negativas.

Se experimenta soledad social cuando se tiene escaso tejido interpersonal o insuficientes contactos, no se está conforme con el propio círculo social y se desea tener un lugar en otros grupos. A veces esto acontece sólo en alguno de los contextos en los que interactuamos. Por ejemplo en el trabajo, en el lugar de estudios, en el barrio, o en las redes sociales.

En cuanto a la soledad circunstancial o situacional se debe a una coyuntura que obliga a permanecer solo o hace difícil establecer nuevas conexiones. Por ejemplo, al trasladarse a otra ciudad o país. En ocasiones puede ser resultado de pérdida de roles o actividades, como ocurre al jubilarse, al quedarse en paro o al finalizar los estudios. O surgir a partir de eventos traumáticos como la pérdida de alguien querido, la ruptura de pareja o la independización de los hijos. La persona inicialmente experimenta el desvalimiento, y progresivamente va reponiéndose y retoma su vida social.

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La soledad en cifras

En la actualidad se está prestando especial atención a la soledad no deseada en las personas mayores, ya que las investigaciones evidencian que son un grupo en riesgo. Sin ir más lejos, en el estudio del Observatorio Social de La Caixa en 2021, el 14,8% de los mayores informa de soledad grave o muy grave y el 64% experimenta soledad en alguna medida.

La constatación de esta situación está impulsando cambios significativos en las políticas y en la atención que se presta a este grupo.

En los últimos tiempos, las cifras evidencian que la soledad crece en otras edades, principalmente adolescentes y jóvenes. En un estudio realizado en 2019 por la BBC junto a varias universidades británicas se afirma que el 40% de los jóvenes de 16 a 24 años se sienten solos a menudo o muy a menudo, frente al 27% de los mayores de 75 años.

Asimismo el 31% de los menores de 30 años sintió soledad intensa en la semana anterior a ser preguntados, según se recoge en el trabajo sobre “La soledad del siglo XXI” en el INFORME España 2020.

La soledad es un problema crítico de salud pública

La experiencia de soledad, especialmente cuando es duradera y se hace crónica, además del notable sufrimiento emocional, tiene gran impacto en la salud física, mental e interpersonal.

En personas adultas y mayores es factor de riesgo de mortalidad porque se asocia con vida sedentaria, hipercolesterolemia, alteraciones del sueño y abuso de tabaco, alcohol o drogas, entre otros.

Tiene que ver con problemas de salud mental como ansiedad, depresión e ideación suicida. En adolescentes y jóvenes se asocia con baja autoestima, rechazo, acoso escolar, exclusión social, adicciones tecnológicas, autolesiones, suicidio o aislamiento social extremo (hikikomori).

En ocasiones, el miedo a quedarse solas hace que algunas personas mantengan o se enganchen en interacciones negativas y tóxicas que agrandan el problema.

Teniendo en cuenta este apreciable incremento de personas que experimentan soledad y las preocupantes consecuencias implicadas, se alerta de un creciente problema de salud pública. Y se empieza a considerar la llegada de una epidemia callada y silenciosa.

Por ello se ve necesario visibilizar la soledad desde edades adolescentes y, de forma decidida, apostar por la promoción de relaciones positivas y nutritivas de confianza y afecto profundo.

¿Es posible sentirse solo en una sociedad hiperconectada?

Llama la atención que un alto porcentaje de adolescentes y jóvenes que son nativos digitales se sientan aislados en una vida hiperconectada. Tener amigos virtuales o recibir likes puede no ayudar a profundizar en la relación ni a construir vínculos gratificantes y, en consecuencia, no atenúa el sentirse solo.

Parece que, en la línea de lo afirmado por el filósofo y sociólogo polaco Zygmunt Bauman, las relaciones interpersonales actuales son líquidas, frágiles y etéreas, y tienden a ser más superficiales y fugaces. En contraposición a lo que entendemos como relaciones sólidas, que requieren compromiso, equidad y reciprocidad.

¿Significa eso que estamos definitivamente cambiando el modo en que vivimos, nos comunicamos e interactuamos?The Conversation

Inés Monjas Casares, Profesora colaboradora honorífica en el Departamento de Psicología e investigadora sobre Psicología de la Educación., Universidad de Valladolid

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.